miércoles, abril 12, 2006

-¡Ajá! -saltó Wible-. En efecto..., un burdel cívico.
-Llámelo como quiera. -Su informante se encogió de hombros-. Los recursos no disminuyen; la cantidad recogida se destina a los gastos públicos. Nadie se opone a los impuestos, y los recaudadores realizan con gusto su trabajo; en caso contrario, pueden hacer los pagos in situ..., y suele suceder que la chica se case antes de completar su servicio. También tenemos nuestras obligaciones para Arodin, de las que nos desembarazamos pagando con un niño de dos años. A partir de ese momento ya no pagamos más impuestos, excepto en casos especiales.
-¿Nadie se queja a la hora de entregar el niño?
-Por regla general, no. El niño es internado en una guardería nada más nacer, con el fin de no crear lazos sentimentales. La gente tiene hijos lo más pronto posible para liberarse de sus obligaciones.
-¿Y qué ocurre con los niños?
Wible intercambió miradas con Navarth y Gersen.
-Entran al servicio de Arodin. Los no aptos son vendidos al Mahrab; los útiles van al gran Palacio. Entregué un niño hace diez años; ya no debo nada a nadie.
Navarth no se pudo contener más. Se inclinó hacia adelante y apuntó con el dedo al hombre.
-¿Por eso se queda parpadeando con aire satisfecho bajo el sol? ¿No se siente culpable?
-¿Culpable? -El hombre se ajustó el sombrero con cara de asombro-. ¿De qué? He cumplido mi deber. Entregué a mi hijo; frecuento el burdel dos veces a la semana. Soy un hombre libre.
-¿Mientras su hijo que entregó hace diez años es un esclavo? ¡En algún lugar él o ella le maldice por estar aquí sentado contemplándose el ombligo!
El hombre se puso en pie, la cara encendida de furia.
-¡Esto es una incitación, un insulto muy serio! ¿Qué hacen aquí, pues, cabezas peludas, imbéciles? ¿Por qué vienen a esta ciudad si desprecian nuestras normas?
-No elegí su ciudad como punto de destino -dijo Navarth con dignidad-. Soy huésped de Viole Falushe y sólo espero que nos avise para partir.
-Ése es el nombre que recibe Arodin en los otros mundos -rió estentóreamente el hombre-. ¡Vienen a disfrutar del Palacio, y ni siquiera han pagado!
Golpeó la mesa con el puño y se marchó del café. Otros clientes que habían escuchado la conversación les volvieron la espalda de forma ostensible. Los tres regresaron al hotel cuanto antes.

Jack Vance "El palacio del amor"